Crecer también duele, y está bien
Sobre por qué el malestar a veces es señal de que algo se está moviendo

Tenemos una idea optimista del crecimiento personal: nos imaginamos avanzando, sintiéndonos cada vez mejor, más en paz.
La experiencia real suele ser más incómoda. Crecer implica, muchas veces, un periodo en el que ya no cabes en tu vida anterior pero todavía no habitas la nueva.
El malestar que no es un error
No todo dolor es una alarma para retroceder. Hay un malestar que aparece precisamente cuando dejamos una costumbre que nos protegía, cuando ponemos un límite por primera vez, cuando decimos en voz alta algo que pensábamos hace tiempo.
Ese tipo de incomodidad no significa que te equivocaste. Significa que te moviste.
Distinguir los dolores
Vale la pena aprender a diferenciar. Hay un dolor que avisa de daño —una relación que te disminuye, un entorno que te apaga— y hay que escucharlo. Y hay un dolor de crecimiento, el de estirarse más allá de lo conocido.
El primero pide que te protejas. El segundo pide que resistas un poco más antes de juzgar.
Para acompañarte
Si estás en una etapa así, no la apures ni la romantices. Nómbrala:
Estoy en un tránsito. Lo viejo ya no me sirve y lo nuevo aún no termina de llegar.
Esa frase no quita la incomodidad, pero le da sentido. Y el sentido hace que casi todo se pueda sostener.


